Revista de prensa: El peso de las raices
Josep Ramoneda en El Diario Vasco (14/04/2005):
Tengo la sensación que en el País Vasco lo rural se resiste a ser urbano y lo urbano conserva huellas de lo rural. Quizás es lo que más me sorprende cuando me acerco a algún lugar de Euskadi, que generalmente es Bilbao o San Sebastián y sus alrededores. El reducido tamaño de las tres provincias de la CAV, más una economía desarrollada de industria y servicios podrían haber hecho del País Vasco un continuo urbano sin apenas fracturas. Y, sin embargo, no es así. A las culturas nacionalistas les ocurre como a las religiones: siempre han tenido miedo de la ciudad y de la cultura urbana porque la consideran un factor de disolución. El cosmopolitismo y el civismo son dos tentaciones fuertes, que tienen, sobre todo, capacidad de relativizar las cosas. Y el relativismo es el peor enemigo de la fe.
Un país dominado ideológicamente por la matriz católico-nacionalista no es extraño que transpire recelo contra la urbanidad. La peor forma de recelo contra la ciudad, que es, por definición, pluralidad y no uniformismo, es el terror.
Y, sin embargo, Bilbao como San Sebastián lo tienen todo para ser ciudades sin complejos, para poder lanzarse a aventuras culturales o empresariales sin necesidad de estar siempre pendientes de la cuota idiosincrática. Pero hay demasiada cultura de calle mayor; demasiada gente erigida en guardianes de las esencias y de los valores; demasiados patriotas que creen que, en el fondo, la vida es tener un ojo puesto en el entorno para detectar cualquier debilidad en la fe y en la debida atribución de los dineros.
Naturalmente, la fe -sea en Dios o sea en la patria- genera siempre burocracia y la burocracia monotonía. Los funcionarios de la patria -al modo de los funcionarios de Dios- se erigen en reguladores del tráfico, en ordenadores del sentido de la dirección de las calles. Y los espíritus libres, que los hay y muchos, a menudo se cansan de tanto peaje, de tanta ruta cerrada, de tanto camino imposible. Porque realmente es agotador -a parte de francamente aburrido y generalmente inútil- estar siempre pendiente del círculo localista: ¿existe una cultura vasca? ¿existe una sexualidad vasca? ¿existe una manera de trabajar vasca? ¿existe una ciencia vasca? ¿existe una fotografía vasca? ¿existe una cocina vasca?, la cadena es infinita, infinitamente fatigosa.
Quizás el alto grado de bienestar del País Vasco es lo que permite mantener tan viva la práctica del deporte nacionalista, cada vez más un lujo de sociedades ricas. Pero a uno desde fuera le cuesta entender este juego permanente entre el querer volar y el automutilarse las alas.
Y, sobre todo, cuesta a entender que los electores no decidan nunca darse la oportunidad de probar que tal irían las cosas de otra manera. Pero las raíces atrapan. Y los árboles sólo se mueven cuando sea caen de viejos. Esta es la solidez de lo atávico que a algunos nos espanta y a otros les entusiasma.
Un país dominado ideológicamente por la matriz católico-nacionalista no es extraño que transpire recelo contra la urbanidad. La peor forma de recelo contra la ciudad, que es, por definición, pluralidad y no uniformismo, es el terror.
Y, sin embargo, Bilbao como San Sebastián lo tienen todo para ser ciudades sin complejos, para poder lanzarse a aventuras culturales o empresariales sin necesidad de estar siempre pendientes de la cuota idiosincrática. Pero hay demasiada cultura de calle mayor; demasiada gente erigida en guardianes de las esencias y de los valores; demasiados patriotas que creen que, en el fondo, la vida es tener un ojo puesto en el entorno para detectar cualquier debilidad en la fe y en la debida atribución de los dineros.
Naturalmente, la fe -sea en Dios o sea en la patria- genera siempre burocracia y la burocracia monotonía. Los funcionarios de la patria -al modo de los funcionarios de Dios- se erigen en reguladores del tráfico, en ordenadores del sentido de la dirección de las calles. Y los espíritus libres, que los hay y muchos, a menudo se cansan de tanto peaje, de tanta ruta cerrada, de tanto camino imposible. Porque realmente es agotador -a parte de francamente aburrido y generalmente inútil- estar siempre pendiente del círculo localista: ¿existe una cultura vasca? ¿existe una sexualidad vasca? ¿existe una manera de trabajar vasca? ¿existe una ciencia vasca? ¿existe una fotografía vasca? ¿existe una cocina vasca?, la cadena es infinita, infinitamente fatigosa.
Quizás el alto grado de bienestar del País Vasco es lo que permite mantener tan viva la práctica del deporte nacionalista, cada vez más un lujo de sociedades ricas. Pero a uno desde fuera le cuesta entender este juego permanente entre el querer volar y el automutilarse las alas.
Y, sobre todo, cuesta a entender que los electores no decidan nunca darse la oportunidad de probar que tal irían las cosas de otra manera. Pero las raíces atrapan. Y los árboles sólo se mueven cuando sea caen de viejos. Esta es la solidez de lo atávico que a algunos nos espanta y a otros les entusiasma.




